El aire todavía huele a café fuerte cuando abrís la puerta. Y ahí está: piel morena que parece haber absorbido el sol de Río, un cuerpo que no pide permiso para ocupar el espacio, y una mirada que ya sabe cómo termina la noche antes de que digas hola. Lety no se presenta con palabras. Se presenta con el movimiento de las caderas al cruzar la habitación, con la forma en que deja caer el pelo sobre un hombro, con esa risa grave que sale cuando le decís algo que cree que no le va a gustar y le gusta igual. Es trans, es brasileña, y trae consigo un calor que no se enciende con el termostato. Sus manos tienen memoria. Recorren la espalda como quien lee un mapa que ya conoce pero que nunca le aburre. La piel se calienta en zonas que no esperás. El ritmo lo marca ella: lento al principio, casi perezoso, como si el tiempo fuera solo de ustedes dos. Después, cuando la respiración cambia, cuando el cuello pide más, el movimiento se vuelve imparable. No hay prisa, pero tampoco hay pausas innecesarias. Todo fluye hacia donde tiene que fluir. Cuando termine, cuando el silencio vuelva a ser silencio y no respiración, vas a notar que el cuello todavía conserva el calor de sus labios. Y que el café de la entrada se volvió irrelevante hace rato. Eso es lo que deja: una sensación que no tiene nombre en español, que solo el cuerpo entiende y que la memoria guarda para los días grises. Escribime. Ella ya eligió la música. Solo falta que entres.